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viernes, 3 de mayo de 2019

Nada

El cuerpo no siente. Es la penumbra del llanto del corazón desafiado. Es sueño que mira con desdén a la nada. Es un trozo de carne, venas y sangre. Es una flor marchita. Podrida. Casi extinguida. Solo hay espinas. Solo hay dagas con líquido rojo en la punta.

Ahora.
Ahora que no nos queda nada. No me queda nada. No hay nada. Ya no sé ni qué es la tristeza. No reconozco la alegría. No sé qué fue de la felicidad. No pienso. No siento. No leo. No escribo. No nada. Solo hay una agonía infinita entre el ayer, el hoy y el mañana.

Desazón en la garganta y angustia en la lengua.

Los mares están secos. Los relojes derretidos. El grito retumbando. Al niño se le han cortado las alas. Las estrellas se han caido. No hay noche. No hay día. Solo un pozo gris. Un  corazón vacio. Un terremoto. Todo un estruendo. Se caen las almas. El tártaro se ha derrumbado. Y ahora todos los pies no tocan el suelo. Todo cuelga. Hasta las ganas de persistir. Hasta la ilusión y el deseo. Todo cuelga y se sostiene de un alfiler.

No hay nada.
Solo el ruido de los huesos chocando.
La sangre goteando.
Una casa en llamas.
El fuego crujiendo.
Las cenizas volando.
El viento haciendo de las suyas.

No me queda nada.
Flores secas.
Sangre púrpura.
Huesos astillados.
Miedo.
Insomnio.
Y terror.

martes, 23 de abril de 2019

Nosotros

Me han hecho daño. Y pensarás cómo me siento y solo puedo decirte que hay días en los que muero andando. ¿Qué por qué? Porque soy un amasijo de dolor. Soy como un árbol sin hojas, un jardín sin flores, un mar sin olas... Soy alguien casi incompleta. Bueno, casi no, soy alguien incompleta. Y sí, es duro, pero cuesta más perdurar, es decir, seguir luchando. Curarse heridas. Soplarse el polvo. Sacudirse los miedos. Tentar a la incertidumbre. Trazar medio plan de asalto, pero nunca llegar a saltar.
Es raro. Lo sé. Siempre fui rara. ¿Cobarde, dices? Quizás. Supongamos que siempre que has jugado a la ruleta rusa, has apuntado el revólver contra tu sien, la garganta se seca, respiras nervioso, rozas el gatillo,  disparas y la única bala del cargador te atraviesa. Pues así vivo yo. Llena de tiroteos. Llena de agujeros. Llena de vacíos. Irónico, ¿verdad?
Me han hecho daño y me han convertido en esto. ¿Qué no está tan mal? Mal no están las margaritas de otro color que no sean blanco. Ni los girasoles buscándose unos a otros porque no pueden besar el sol. Mal no está la despedida de un padre a un hijo cuando sabe que a las dos no irá a por él. ¿Pero qué está tan mal? Nosotros, seguramente. ¿Nosotros? Sí. He dicho nosotros. Solo tenemos que mirarnos. ¿Qué no somos tan extraños? Ese es el problema. Parecemos normales cuando nunca hemos sido así.

jueves, 11 de abril de 2019

Ciudad

Hace un tiempo me gustaba caminar de noche, cuando no había nadie por la calle. Era extraño. Me sentía sola y yo misma tenía que abrazarme para no llorar. La ciudad a oscuras. Alguna farola parpadeaba a mí paso, me recordaba al palpitar de mi corazón. Algunos edificios a oscuras, y algún octavo tenía la música puesta cuando todos dormían. Nadie se quejaba.

Miraba las fachadas de los edificios. Yo tan pequeña y el mundo tan alto, tan enorme que puede casi comerme. Yo tan niña, y el mundo tan grande que no voy a poder recorrerlo entero. Nunca daré la vuelta en 80 días como Verne. Pero ahí estaba. Sintiendo el frio de mi ciudad. Las olas quejándose ante el ruido. El viento que siempre te atrapa y te revuelve. Siempre sonaba una canción inglés que no le prestaba atención, pero me ponía melancólica.

Caminaba. Veía todo un nuevo mundo. Por la noche los semáforos siempre están verdes. Los peatones siempre cruzan sin mirar. La gente se quiere más. Entrelazan sus manos con menos miedo y con más verdad. Algunos rebuscaban cobijo. Y yo seguía sintiéndome tan sola que me abrazaba. Respiraba tan profundo que escuchaba como mi aire entraba y salía. Me sentía viva. La soledad me hizo viva.

Y supongo que, fue en uno de esos paseos tristes juntos a las estrellas cuando entendí que cuidarme era quererme. Quererme era protegerme. Protegerme era sentirme libre. Y yo soy un pequeño pájaro que doblo los barrotes de su jaula con el pico. Los doblo hasta poder escapar. Ser tan yo, que esa fuera mi mejor virtud.

Me abrazaba y no me sentía sola. Estaba tan bien sintiendo el frio que empezaba a entender la canción que retumbaba en mis tímpanos. Y sonría al ver a los enamorados agarrados de la mano. El ruido de las olas rompiéndose, me aviva. Los parpadeos de las farolas se acompasaban  a mi corazón. Crucé la calle sin mirar y no sentí el peligro. No fui corriendo hasta la acera. Veía más ventanas iluminadas y supongo que estarían haciendo el amor.  Más corazones latiendo y el mundo sintiendo. Menos sangre y guerras. Más esperanza. Más vida después de la tristeza.

miércoles, 10 de abril de 2019

Coincidir

Un día lo pensé y ahora sé que no me equivoqué.
Me recuerdo sentada y dando un pequeño sorbo a la cerveza. Mirarte y decirte que estábamos hechos para coincidir, pero nunca para permanecer. "¿Por qué? Eres la mujer de mi vida" y no supe que decirte. Solo te dije que había mucha guerra entre nuestros cuerpos y que algún día una bomba acabaría con todo.

Seguimos queriéndonos.

Pasaron los días.

Nos amábamos.

Pero yo no estoy hecha para permanecer. Supongo, que soy yo —ya sabes mi manía de echarme las culpas. La manía de disculparme. La rabia que me producía hacerlo, pero siempre lo hacía—.

Entonces, se hizo la guerra. Cada uno recibimos dos disparos en el pecho y sabíamos que ese río de sangre solo desembocaría en un final.

Ya sabes, yo siempre estaba triste. Nostálgica. Melancólica. Lloraba siempre —hasta de alegría—. Y tú, bueno, vivías un poco enfadado con el mundo. Te quejabas a media lengua. Yo solo quería que me abrazasen, y tú querías respirar tranquilo.

Supongo que fue mi culpa. Mis manías. Siempre tuve muchas pequeñas obsesiones como la de lavarme las manos cada media hora. Arrugar la nariz cuando algo no me gusta. Obsesionarme con los colores. Perder la noción del tiempo. Dejar de escuchar cuando la conversación no me interesaba. Centrarme en pequeños gestos de cualquier persona que me cruzaba. Mis  dudas. Ya sabes, manías. Mis manías. Y tú bueno, las sobrellevabas. Y yo bueno, nos sobrellevaba.

Supongo que era eso. Estábamos hechos para coincidir. De hecho, a veces pienso que nos llegamos a enamorar antes de conocernos, tú también lo piensas, ¿Verdad? Y puede que algún día, nos encontremos en algún bar que ahora están tan de moda con libros en las estanteríass que nadie lee. Y nos saludemos. Nos miremos. Puede que lo volvamos a intentar. Nos sentiremos. Nos reequivocaremos. Nos despediremos —espero—. Y volveremos encontrarnos hasta que algún día yo haya dejado de ser tan triste, mis manías y mis dudas; y tú hayas dejado de refunfuñar a media lengua.

sábado, 6 de abril de 2019

Crecí con A

Crecí con A. Y te prometo que fue una tormenta. Rayos, lluvia, calma en mitad de cualquier abrazo.

Me vi tan pequeña a su lado, pero me hizo tan grande. Me sacó cualidades que no había visto en ninguna otra persona. Me abrazaba siempre con miedo. No quería que me fuese, pero yo siempre andaba melancólica, tan amurallada, tan llena de lágrimas que me consumía en una canción triste.

Él sabía alegrarme. Sacaba de mí las flores que estaban apunto de morir. Me llamaba arte, y yo idolatraba esa forma de mirarme en silencio; porque a veces, solo hacíamos eso —mirarnos— y nos aprendíamos de memoria cada gesto, cada arruga de expresión, cada miedo que se perdía en la pupila.

A y yo hacíamos la guerra. Y nuestras palabras fueron bombas, nos dábamos la espalda compartiendo la misma cama. Dejábamos de escribirnos. De vernos. De escucharnos. De sentirnos. Nos alejábamos. Sin embargo, siempre nos dábamos las Buenas noches, es como que no podíamos dormir en calma sin despedirnos. La noche unía a nuestros cuerpos, afloraban las ganas de querernos, y nos sentíamos casi completos. Sin embargo, al salir el sol los bombardeos, la sangre y el campo de batalla volvían. Hacíamos mucho la guerra, pero nos quisimos de verdad. ¿Sabes por qué lo sé? Porque llegamos a hablar de una casa de madera, de cómo nuestra hija se llamaría como su abuela y de cómo me comprometería a pasar la vida con él en una ermita de piedra.

Él me leía como pocas personas. Me leía a todas horas. Siempre que escribía. Y siempre me decía que era el mejor que el anterior. Le escribí casi un libro entero y alguna vez, le leí sonrojada lo mucho que me costaba despedirme de él.

Crecí con A y puede que gracias a él sea como soy ahora. Melancólica, pero con algo de luz. Una luna, como él me definía.
Nos amábamos hasta crear un pequeño universo que solo los dos conocíamos.

Nunca llegamos a encontrar el equilibrio. No fuimos capaz de darnos las manos fuerte para sujetarnos uno al otro. No.
No fuimos capaces.

Sin embargo, A siempre será de esas personas que echarás su pecho en falta. Que hablarás de ella con luz en los ojos.
Que querrás toda la vida porque se la debes.



sábado, 30 de marzo de 2019

Pequeña B.

Un día dejé de sentir. Fue muy extraño porque no era capaz de llorar y gritar. El pecho simplemente latía. Bombardeaba sangre. No había nada dentro de él. No existía el escalofrío. No había nada. La mente no pensaba, era un folio en blanco. La mirada se perdía hacia el mundo. No veía el color. No notaba que las calles cambiaban que el sol iba y venía. No sentía. No me sentía yo, pero respiraba tranquila. Simplemente, esperaba que el mundo siguiera girando y a mí me dejase en mi sitio. Pero no era yo. 


No tenía palabras que escribir —No había nada que decir—. No encontraba el modo de poder decir que un huracán arrasó conmigo. Que estaba en ruinas y desorientada porque me había abandonado. Y es que me despedí de mí, me abracé fuerte, le dije que no volviese y solo le hice caso. Encarcelé mis lágrimas. Miré fijamente mis cicatrices hasta que se volvieron a enterrar dentro de la piel. Soplé el universo que había en mi mente para que solo estuviese el color blanco en mí. 


Dejé de leer. 

Dejé de escribir.

Dejé de dibujar.


Y un día me eche de menos. Un día sentí la nostalgía y la melancolía de la pequeña B —te eché tanto de menos—. Porque fuiste fuerte hasta derrumbarte. Hasta que el mundo estalló encima de tu cabeza. Porque rompias a llorar y nadie escuchaba tus sollozos. Que recordabas tan fuerte que casi podías tocar. Que veías el paso de la primavera en las flores. Eché tanto de menos a la pequeña B que me obsesioné con ella. 


Releí libretas viejas. Pasaba los dedos por los dibujos y recordaba en qué pensaba cuando los hice. Los viejos poemas no parecían mios. Ellos vibraban. Yo solo latía con el corazón. Entonces, hablé con Mamá y dijo: "Estamos tan acostumbrados al dolor que ya no nos duele".


Y fue ahí cuando dolió porque solo estaba dormido, pero el siempre había estado conmigo.Entonces, entendí que tenía que despedirme de la Pequeña B. Tenía que crecer. Tenía que abrazarme. Tenía que dejar de escribir. Tenía que alejarme de mí para sobrevivir. Para comenzar a reconstruir todas mis piezas hasta crear una nueva B. 


Después de más de un año, pequeña B, he vuelto a escribir, a dibujar. A fijarme en los colores del mar. Ahora todo duele un poco menos. Tú has crecido. Yo he crecido. Solo nos falta echar raíces en el mundo para seguir creciendo.

domingo, 24 de marzo de 2019

Te has ido, pero no del todo.

Te has ido, pero no del todo.
Tu voz está en la esquina de la habitación dándome todas las buenas noches antes de que yo caiga en el sueño profundo dónde te toco y me acaricias.
Tu respiración descansa al otro lado de la cama, y aún la siento en mi espalda.
La escucho.
La siento.
La combino con la mía.
Siento que latimos a la vez.
El "nosotros" ha muerto, pero seguimos vivos. Caminamos difusos por la tierra. Más perdidos que nadie. Más enamorados que nunca. Más alocados que los que llevan una camisa de fuerza. Más nosotros sin agarrarnos las manos. Nos conocemos y nadie nos conocerá igual.

Nadie verá que este vestido no solo esconde lunares sino que también tiene grietas, un par de huesos rotos, alguna cicatriz que aún sangra cuando el cielo se nubla y se cierra cuando comienza la tormenta.
Tú te has ido, y me has querido como nadie.
Yo me he ido, y te echo tanto de menos que conseguí parar el tiempo.

Volví a las puestas de sol. El mar sigue siendo el mismo, pero yo no. La tierra suele quemar igual en el mes de agosto, pero tus pies no salen corriendo al agua. Las olas te echan de menos. Ahora me expulsan cada vez que intento adentrarme en ellas. Le he explicado al agua que aunque no dormimos juntos, aún nos queremos —uno al otro— cómo así lo dijimos.

Porque una noche prometimos querernos, cuidarnos, necesitarnos aunque uno de los dos se fuese. Y así es. Nos seguimos queriendo, nos cuidamos aunque llevamos meses sin mirarnos, nos necesitamos con el primer café de la mañana, con el beso de buenos días y con la melodía de dos cuerpos desnudos amándose.

Te has ido, pero no del todo.
Nunca te irás del todo.
Siempre habrá un trozo de ti conmigo y siempre habrá un trozo de mí contigo.
Porque juntos aprendimos a amar.
Porque hemos crecido juntos.
Porque no somos uno, somos dos personas que un día el mundo puso fin y ahora, se quieren pero viven echándose de menos porque nadie se va del todo si un día te enseña que el amor no es solamente abrazarse desnudos, sino que es juntar dos universos que intenta crear una pequeña galaxia que los una.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Demasiado corazón para tanto ciego

Un día la casualidad me hizo conocer el mayor corazón existente. Había sufrido tanto que no era capaz de latir sin ahogarse. Yo lo agarraba con las dos manos, lo acariciaba, le escribía, lo abrazaba hasta llevármelo a mi pecho para que escuchase mis latidos y solo tuviese que imitarlos.

Un día me di cuenta que ese corazón era más poderoso que nadie. Era oscuro. Más negro que la noche, pero tan puro que sólo unos pocos sabíamos verlo. Entonces, recuerdo que después de una charla de madrugada escribí "Demasiado corazón para tanto ciego" y qué verdad. El mundo estaba lleno de ciegos que no quieren ver como una persona rota es maravillosa. Yo pasaba el tiempo escuchándole. Aprendía de él y lo admiraba.

Quería ser como él. Quería ser tan fuerte como lo es él —porque lo sigue siendo— y me enseñó que siempre, cada mañana tenía que abrazar fuerte a los míos y cada noche besarles la frente para que así duerman tranquilos.

Aunque también me enseñó que yo no podía tenderle la mano y sacarle de ese pozo donde vivía. Yo no podía arrastrarlo hacia la luz. Yo no podía salvarle. Y qué impotencia. Me hubiese gustado enseñarle que el amor están en las pequeñas cosas y la alegría está en cuando en la radio suena tu canción favorita. Me hubiese gustado mostrarle que solo quería que respirase aliviado y que yo lloraba junto a él.

Yo aprendí media vida gracias a él y que en nuestras calles hay demasiadas personas con vendas en las ojos que no son capaces de ver la luz detrás de una alma herida.